“Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado
primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido
las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 20, 1-9:
+
El primer día
después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y
vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde
estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se
han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
"y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras..."
Salieron Pedro y
el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el
otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e
inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
En eso llegó
también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló
los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza
de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al
sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las
Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. Palabra
del Señor.
Comentario al Evangelio
por Fr. Rufino Ma. Grández Lecumberri, OFM:
“Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda
aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí,
¿lemá sabactaní?”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?”
Lectura del santo
Evangelio según san Mateo 26, 14-27, 66:
+
En aquel tiempo,
uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y
les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle
treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad
para entregárselo.
El primer día de
la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le
preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” Él
respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi
hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ ”.
Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer, se
sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que
uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a
preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” Él respondió: “El que moja su
pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va
a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del
hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”.
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo, Maestro?”
Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”.
Durante la cena,
Jesús tomó un pan y, pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus
discípulos, diciendo: “Tomen y coman. Éste es mi Cuerpo”. Luego tomó en sus
manos una copa de vino y, pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus
discípulos, diciendo: “Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de
la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados.
Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con
ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”.
Después de haber
cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les
dijo: “Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está
escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero
después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea”. Entonces Pedro
le replicó: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”.
Jesús le dijo: “Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo
cante, me habrás negado tres veces”. Pedro le replicó: “Aunque tenga que morir
contigo, no te negaré”. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
Entonces Jesús fue
con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos: “Quédense aquí
mientras yo voy a orar más allá”. Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de
Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: “Mi alma
está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo”. Avanzó unos
pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo: “Padre mío,
si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero,
sino como quieres tú”.
Volvió entonces a
donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: “¿No han
podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación,
porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Y alejándose de nuevo,
se puso a orar, diciendo: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo
lo beba, hágase tu voluntad”. Después volvió y encontró a sus discípulos otra
vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a
orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de
esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo: “Duerman ya y
descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en
manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a
entregar”.
Todavía estaba
hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma
numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos
del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal: “Aquel a quien
yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo”. Al instante se acercó a Jesús y le
dijo: “¡Buenas noches, Maestro!” Y lo besó. Jesús le dijo: “Amigo, ¿es esto a
lo que has venido?” Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo
apresaron.
Uno de los que
estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le
cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús: “Vuelve la espada a su lugar, pues
quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi
Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles?
Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe
suceder?” Enseguida dijo Jesús a aquella chusma: “¿Han salido ustedes a
apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba,
sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para
que se cumplieran las predicciones de los profetas”. Entonces todos los
discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que
aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde
los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos
hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver
en qué paraba aquello.
Los sumos
sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra
Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron
muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron: “Éste dijo: ‘Puedo
derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’ ”. Entonces el sumo
sacerdote se levantó y le dijo: “¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan
en contra tuya?” Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo: “Te conjuro por
el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le
respondió: “Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo
del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo”.
Entonces el sumo
sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad
tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?”
Ellos respondieron: “Es reo de muerte”. Luego comenzaron a escupirle en la cara
y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo: “Adivina quién es el que
te ha pegado”.
Entretanto, Pedro
estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo: “Tú
también estabas con Jesús, el galileo”. Pero él lo negó ante todos, diciendo:
“No sé de qué me estás hablando”. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra
criada y dijo a los que estaban ahí: “También ése andaba con Jesús, el
nazareno”. Él de nuevo lo negó con juramento: “No conozco a ese hombre”. Poco
después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron: “No cabe duda de
que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata”. Entonces
él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en
aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había
dicho: ‘Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces’. Y saliendo
de ahí se soltó a llorar amargamente.
Llegada la mañana,
todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra
Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador,
Poncio Pilato, y se lo entregaron.
Entonces Judas, el
que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte,
devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a
los ancianos, diciendo: “Pequé, entregando la sangre de un inocente”. Ellos
dijeron: “¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú”. Entonces Judas arrojó las
monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
Los sumos
sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron: “No es lícito juntarlas con
el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre”. Después de deliberar,
compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar ahí a los extranjeros.
Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”. Así se
cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de
plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel,
y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor.
Jesús compareció
ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: “¿Eres tú el rey de los
judíos?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Pero nada respondió a las
acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo
Pilato: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?” Pero él nada respondió, hasta
el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta
de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso
que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues,
Pilato a los ahí reunidos: “¿A quién quieren que les deje en libertad: a
Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?” Pilato sabía que se lo habían
entregado por envidia.
Estando él sentado
en el tribunal, su mujer mandó decirle: “No te metas con ese hombre justo,
porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.
Mientras tanto,
los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que
pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el
procurador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que les suelte?” Ellos
respondieron: “A Barrabás”. Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que
se dice el Mesías?” Respondieron todos: “Crucifícalo”. Pilato preguntó: “Pero,
¿qué mal ha hecho?” Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:
“¡Crucifícalo!” Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el
tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Yo no me
hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”. Todo el
pueblo respondió: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”
Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y
lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del
procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el
batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una
corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su
mano derecha y, arrodillándose ante él, se burlaban diciendo: “¡Viva el rey de
los judíos!”, y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella
en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le
pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron
a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al
llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron
a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber.
Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se
quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la
causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el rey de los judíos’. Juntamente con él,
crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban
por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: “Tú, que destruyes el
templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de
Dios, baja de la cruz”. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los
escribas y los ancianos, diciendo: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí
mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto
su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues
él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”. Hasta los ladrones que estaban
crucificados a su lado lo injuriaban.
Desde el mediodía
hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de
las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que
quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Algunos de los
presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”.
Enseguida uno de
ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una
caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: “Déjalo. Vamos a ver si
viene Elías a salvarlo”. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito,
expiró.
Aquí
todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.
Entonces el velo
del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las
rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que
habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad
santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que
estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que
ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo
de Dios”.
Estaban también
allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús
desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la
madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, vino
un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo
de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio
orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana
limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca
para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se
retiró. Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al
sepulcro.
Al otro día, el
siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos
se reunieron ante Pilato y le dijeron: “Señor, nos hemos acordado de que ese
impostor, estando aún en vida, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Manda, pues,
asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo
roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’, porque esta
última impostura sería peor que la primera”. Pilato les dijo: “Tomen un pelotón
de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran”. Ellos fueron y
aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la
guardia. Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
por Mons. Cristóbal Ascencio:
"¿Crees tú en el Hijo del hombre?" Él contestó: "¿Y
quién es, Señor, para que yo crea en él?" Jesús le dijo: "Ya lo has
visto; el que está hablando contigo, ése es". Él dijo: "Creo,
Señor". Y postrándose, lo adoró”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 9, 1-41:
+
En aquel tiempo,
Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron:
"Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?"
Jesús respondió: "Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en
él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del
que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede
trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo".
Dicho esto,
escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y
le dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé" (que significa
'Enviado'). Él fue, se lavó y volvió con vista.
Entonces los
vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban:
"¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?" Unos decían:
"Es el mismo". Otros: "No es él, sino que se le parece".
Pero él decía: "Yo soy". Y le preguntaban: "Entonces, ¿cómo se
te abrieron los ojos?" Él les respondió: "El hombre que se llama
Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: 'Ve a Siloé y lávate'.
Entonces fui, me lavé y comencé a ver". Le preguntaron: "¿En dónde
está él?" Les contestó: "No lo sé".
Llevaron entonces
ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo
lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había
adquirido la vista. Él les contestó: "Me puso lodo en los ojos, me lavé y
veo". Algunos de los fariseos comentaban: "Ese hombre no viene de
Dios, porque no guarda el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo puede un
pecador hacer semejantes prodigios?" Y había división entre ellos.
Entonces volvieron a preguntarle al ciego: "Y tú, ¿qué piensas del que te
abrió los ojos?" Él les contestó: "Que es un profeta".
Pero los judíos no
creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista.
Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: "¿Es éste su hijo, del que
ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?" Sus padres
contestaron: "Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es
que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él;
ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo". Los padres del que
había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían
convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el
Mesías. Por eso sus padres dijeron: 'Ya tiene edad; pregúntenle a él'.
Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose, lo adoró
Llamaron de nuevo
al que había sido ciego y le dijeron: "Da gloria a Dios. Nosotros sabemos
que ese hombre es pecador". Contestó él: "Si es pecador, yo no lo sé;
sólo sé que yo era ciego y ahora veo". Le preguntaron otra vez: "¿Qué
te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?" Les contestó: "Ya se lo dije a
ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso
también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?" Entonces ellos lo
llenaron de insultos y le dijeron: "Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros
somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero
ése, no sabemos de dónde viene".
Replicó aquel
hombre: "Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me
ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que
lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que
alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios,
no tendría ningún poder". Le replicaron: "Tú eres puro pecado desde
que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?" Y lo echaron fuera.
Supo Jesús que lo
habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo
del hombre?" Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que yo crea en
él?" Jesús le dijo: "Ya lo has visto; el que está hablando contigo,
ése es". Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose, lo adoró.
Entonces le dijo
Jesús: "Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que
los ciegos vean, y los que ven queden ciegos". Al oír esto, algunos
fariseos que estaban con él le preguntaron: "¿Entonces también nosotros
estamos ciegos?" Jesús les contestó: "Si estuvieran ciegos, no
tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado". Palabra
del Señor.
Comentario al
Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio:
"Te
daré todo esto, si te postras y me adoras". Pero Jesús le replicó:
"Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a
él sólo servirás"
Lectura del santo
Evangelio según san Mateo 4, 1-11:
+
En aquel tiempo,
Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el
demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo
hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: "Si tú eres el Hijo
de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes". Jesús le
respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de
toda palabra que sale de la boca de Dios".
"Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás"
Entonces el diablo
lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo:
"Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará
a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no
tropiece tu pie en piedra alguna". Jesús le contestó: "También está
escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".
Luego lo llevó el
diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los
reinos del mundo y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras y me
adoras". Pero Jesús le replicó: "Retírate, Satanás, porque está
escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás".
Entonces lo dejó
el diablo y se acercaron los ángeles para servirle. Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
por Fr. Rufino Ma. Grández Lecumberri, OFM:
“Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan
cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque
su premio será grande en los cielos"
Lectura del santo
Evangelio según san Mateo 5, 1-12a:
+
En aquel tiempo,
cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le
acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:
"Dichosos los
pobres de espíritu,
porque de ellos es
el Reino de los cielos.
Dichosos los que
lloran,
porque serán
consolados.
Dichosos los
sufridos, porque heredarán
la tierra.
Dichosos los que
tienen hambre y sed de justicia,
porque serán
saciados.
Dichosos los
misericordiosos,
porque obtendrán
misericordia.
Dichosos los
limpios de corazón,
porque verán a
Dios.
Dichosos los que
trabajan por la paz,
porque se les
llamará hijos de Dios.
Dichosos los
perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es
el Reino de los cielos.
Dichosos serán
ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por
causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los
cielos". Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio: