“Les
aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que
yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 10, 1-10:
+
En aquel tiempo, Jesús dijo a los
fariseos: "Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de
las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que
entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida
la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y
las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de
ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo
seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los
extraños".
"Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia"
Jesús les puso esta comparación,
pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: "Les
aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que
yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta; quien entre por
mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a
robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en
abundancia''. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio García:
“ellos
se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos
hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"
Lectura del santo
Evangelio según san Lucas 24, 13-35:
+
El mismo día de la resurrección,
iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once
kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían,
Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos
discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué
cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"
Uno de ellos, llamado Cleofás, le
respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido
estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le
respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en
obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y
nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo
crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin
embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto
que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de
madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les
habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de
nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las
mujeres, pero a él no lo vieron".
"Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas..."
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué
insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por
los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así
entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los
profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se
dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo:
"Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y
entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció
la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo
reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro:
"¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y
nos explicaba las Escrituras!"
Se levantaron inmediatamente y
regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus
compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se
le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado
en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio García:
le
dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela
en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y
Dios mío!”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 20, 19-31:
+
Al anochecer del día de la
resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los
discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les
dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.
Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: “La paz
esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.
Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu
Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que
no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
Tomás, uno de los Doce, a quien
llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros
discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo
en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los
clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
“Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”
Ocho días después, estaban reunidos
los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de
nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a
Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi
costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios
mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin
haber visto”.
Otros muchos signos hizo Jesús en
presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se
escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de
Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Fr. Rufino Ma. Grández Lecumberri, OFM:
“Entonces
entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y
vio y creyó”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 20, 1-9:
+
El primer día después del sábado,
estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la
piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro
y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del
sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
Salieron Pedro y el otro discípulo
camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo
corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró
los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
"y vio y creyó"
En eso llegó también Simón Pedro,
que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos
en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no
con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró
también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y
creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las
cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio García:
“Yo soy la resurrección y
la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está
vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 11, 1-45:
+
En aquel tiempo, se encontraba
enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era
la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su
cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron
decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”.
Al oír esto, Jesús dijo: “Esta
enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios,
para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y
a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo
dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos:
“Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que
los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó:
“¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve
la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le
falta la luz”.
Dijo esto y luego añadió: “Lázaro,
nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le
dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de
la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús
les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber
estado allí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por
sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros,
para morir con él”.
“¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto,
atados con vendas las manos y los pies
Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba
ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos
dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para
consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba,
salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús:
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora
estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu
hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección
del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree
en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no
morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo
firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al
mundo”.
Después de decir estas palabras,
fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te
llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba
Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar
donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa,
consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba
al sepulcro para llorar allí y la siguieron.
Cuando llegó María adonde estaba
Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí,
no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los
judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde
lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a
llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían:
“¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no
muriera?”
Jesús, profundamente conmovido
todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa.
Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había
muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo
Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces
quitaron la piedra.
Jesús levantó los ojos a lo alto y
dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú
siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea,
para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro,
sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la
cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.
Muchos de los judíos que habían ido
a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Palabra
del Señor.
Comentario al Evangelio
por Mons. Cristóbal Ascencio García: