“Entonces
entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y
vio y creyó”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 20, 1-9:
+
El primer día después del sábado,
estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la
piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro
y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del
sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
Salieron Pedro y el otro discípulo
camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo
corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró
los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
"y vio y creyó"
En eso llegó también Simón Pedro,
que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos
en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no
con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró
también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y
creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las
cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio García:
“Yo soy la resurrección y
la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está
vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 11, 1-45:
+
En aquel tiempo, se encontraba
enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era
la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su
cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron
decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”.
Al oír esto, Jesús dijo: “Esta
enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios,
para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y
a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo
dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos:
“Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que
los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó:
“¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve
la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le
falta la luz”.
Dijo esto y luego añadió: “Lázaro,
nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le
dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de
la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús
les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber
estado allí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por
sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros,
para morir con él”.
“¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto,
atados con vendas las manos y los pies
Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba
ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos
dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para
consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba,
salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús:
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora
estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu
hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección
del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree
en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no
morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo
firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al
mundo”.
Después de decir estas palabras,
fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te
llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba
Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar
donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa,
consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba
al sepulcro para llorar allí y la siguieron.
Cuando llegó María adonde estaba
Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí,
no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los
judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde
lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a
llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían:
“¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no
muriera?”
Jesús, profundamente conmovido
todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa.
Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había
muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo
Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces
quitaron la piedra.
Jesús levantó los ojos a lo alto y
dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú
siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea,
para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro,
sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la
cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.
Muchos de los judíos que habían ido
a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Palabra
del Señor.
Comentario al Evangelio
por Mons. Cristóbal Ascencio García:
“¿Crees
tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea
en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”.
Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 9, 1-41:
+
En aquel tiempo, Jesús vio al pasar
a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién
pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él
pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras
de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de
día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el
mundo, yo soy la luz del mundo”.
Dicho esto, escupió en el suelo,
hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a
lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y
volvió con vista.
Entonces los vecinos y los que lo
habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se
sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino
que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo
se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo
lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me
lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No
lo sé”.
Llevaron entonces ante los fariseos
al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió
los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él
les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los
fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”.
Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había
división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué
piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.
Pero los judíos no creyeron que
aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues,
a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que
nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste
es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la
vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá
por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los
judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien
reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad;
pregúntenle a él’.
“¿Crees tú en el Hijo del hombre?”...“Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró
Llamaron de nuevo al que había sido
ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es
pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y
ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?”
Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué
quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos
suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése
lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés
le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.
Replicó aquel hombre: “Es curioso
que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos.
Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su
voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera
los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría
ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo
pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.
Supo Jesús que lo habían echado
fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él
contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo
has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y
postrándose, lo adoró.
Entonces le dijo Jesús: “Yo he
venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y
los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le
preguntaron: “¿Entonces también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó:
“Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en
su pecado”. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Fr. Rufino Ma. Grández Lecumberri, OFM:
La
mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando
venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla
contigo”.
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 4, 5-42:
+
En aquel tiempo, llegó Jesús a un
pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José.
Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin
más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.
Entonces llegó una mujer de Samaria
a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al
pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo
judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no
tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién
es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.
La mujer le respondió: “Señor, ni
siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme
agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo,
del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe
de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré,
nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un
manantial capaz de dar la vida eterna”.
La mujer le dijo: “Señor, dame de
esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a
sacarla”. Él le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer le contestó:
“No tengo marido”. Jesús le dijo: “Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’.
Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.
La mujer le dijo: “Señor, ya veo
que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen
que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dijo:
“Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén
adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que
conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y
ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en
espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto.
Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.
“Ya sé que va a venir el Mesías...“Soy yo, el que habla contigo”
La mujer le dijo: “Ya sé que va a
venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo”.
Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.
En esto llegaron los discípulos y
se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo,
ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’ Entonces la
mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a
ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?”
Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba.
Mientras tanto, sus discípulos le
insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que
ustedes no conocen”. Los discípulos comentaban entre sí: “¿Le habrá traído
alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me
envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan
cuatro meses para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y
contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe
su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por
igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: ‘Uno es el que
siembra y otro el que cosecha’. Yo los envié a cosechar lo que no habían
trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto”.
Muchos samaritanos de aquel poblado
creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he
hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se
quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír
su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado,
pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador
del mundo”. Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
por Mons. Cristóbal Ascencio García:
“Éste
es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”
Lectura del santo
Evangelio según san Mateo 17, 1-9:
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En aquel tiempo, Jesús tomó consigo
a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con
él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso
resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la
nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús:
“Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas,
una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
"Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias"
Cuando aún estaba hablando, una
nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo
muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto,
los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se
acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces
los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús
les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del
hombre haya resucitado de entre los muertos”. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Fr. Rufino Ma. Grández Lecumberri, OFM: