“Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”
Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!”
Lectura del santo
Evangelio según san Marcos 4, 35-41:
+
Un día, al
atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”.
Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma
barca en que estaba. Iban además otras barcas.
“¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”
De pronto se
desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban
llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo
despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se
despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el
viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto
miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a
otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?” Palabra
del Señor.
Comentario al
Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio García:
“¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo
podremos representar?”
Lectura del santo
Evangelio según san Marcos 4, 26-34:
+
En aquel tiempo,
Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un
hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin
que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va
produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los
granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano
de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.
"con que compararemos el Reino de los Cielos"
Les dijo también:
“¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos
representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más
pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el
mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a
su sombra”.
Y con otras muchas
parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que
ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus
discípulos les explicaba todo en privado. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Fr. Rufino Ma. Grández Lecumberri, OFM:
“No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”
Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 9-17:
+
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.
"no son ustedes los queme han elegido, soy yo quien los ha elegido"
Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros’’. Palabra del Señor.
Comentario a el Evangelio por Fr. Rufino M. Grández Lecumberri, OFM:
“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo
en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer”
Lectura del santo
Evangelio según san Juan 15, 1-8:
+
En aquel tiempo,
Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.
Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda
para que dé más fruto.
Ustedes ya están
purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en
ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en
la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los
sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque
sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al
sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.
"el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante"
Si permanecen en
mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les
concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se
manifiesten así como discípulos míos’’. Palabra del Señor.
Comentario al
Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio:
“tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de
gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la
alianza, que se derrama por todos”
Lectura del santo
Evangelio según san Marcos 14, 1-15, 47:
+
Faltaban dos días
para la fiesta de Pascua y de los panes Ázimos. Los sumos sacerdotes y los
escribas andaban buscando una manera de apresar a Jesús a traición y darle
muerte, pero decían: “No durante las fiestas, porque el pueblo podría
amotinarse”.
Estando Jesús
sentado a la mesa, en casa de Simón el leproso, en Betania, llegó una mujer con
un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y derramó el
perfume en la cabeza de Jesús. Algunos comentaron indignados: “¿A qué viene
este derroche de perfume? Podía haberse vendido por más de trescientos denarios
para dárselos a los pobres”. Y criticaban a la mujer; pero Jesús replicó:
“Déjenla. ¿Por qué la molestan? Lo que ha hecho conmigo está bien, porque a los
pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran; pero
a mí no me tendrán siempre. Ella ha hecho lo que podía. Se ha adelantado a
embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo les aseguro que en cualquier parte
del mundo donde se predique el Evangelio, se recordará también en su honor lo
que ella ha hecho conmigo”.
Judas Iscariote,
uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús.
Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero; y él andaba buscando una buena
ocasión para entregarlo.
El primer día de
la fiesta de los panes Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le
preguntaron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la
cena de Pascua?” Él les dijo a dos de ellos: “Vayan a la ciudad. Encontrarán a
un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa
en donde entre: ‘El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que
voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ Él les enseñará una sala en el
segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena”. Los discípulos
se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y
prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer,
llegó Jesús con los Doce. Estando a la mesa, cenando, les dijo: “Yo les aseguro
que uno de ustedes, uno que está comiendo conmigo, me va a entregar”. Ellos,
consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro: “¿Soy yo?” Él respondió:
“Uno de los Doce; alguien que moja su pan en el mismo plato que yo. El Hijo del
hombre va a morir, como está escrito: pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo
del hombre! ¡Más le valiera no haber nacido!”
Mientras cenaban,
Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus
discípulos, diciendo: “Tomen: esto es mi cuerpo”. Y tomando en sus manos una
copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les
dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo
les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba
el vino nuevo en el Reino de Dios”.
Después de cantar
el himno, salieron hacia el monte de los Olivos y Jesús les dijo: “Todos
ustedes se van a escandalizar por mi causa, como está escrito: Heriré al
pastor y se dispersarán las ovejas; pero cuando resucite, iré por delante de
ustedes a Galilea”. Pedro replicó: “Aunque todos se escandalicen, yo no”. Jesús
le contestó: “Yo te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo
cante dos veces, tú me negarás tres”. Pero él insistía: “Aunque tenga que morir
contigo, no te negaré”. Y los demás decían lo mismo.
Fueron luego a un
huerto, llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: “Siéntense aquí
mientras hago oración”. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan; empezó a sentir
terror y angustia, y les dijo: “Tengo el alma llena de una tristeza mortal.
Quédense aquí, velando”. Se adelantó un poco, se postró en tierra y pedía que,
si era posible, se alejara de él aquella hora. Decía: “Padre, tú lo puedes
todo: aparta de mí este cáliz. Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo
que tú quieres”.
Volvió a donde
estaban los discípulos, y al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro: “Simón,
¿estás dormido? ¿No has podido velar ni una hora? Velen y oren, para que no
caigan en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil”. De nuevo
se retiró y se puso a orar, repitiendo las mismas palabras. Volvió y otra vez
los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño; por eso no
sabían qué contestarle. Él les dijo: “Ya pueden dormir y descansar. ¡Basta! Ha
llegado la hora. Miren que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de
los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está cerca el traidor”.
Todavía estaba
hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él, gente con
espadas y palos, enviada por los sacerdotes, los escribas y los ancianos. El
traidor les había dado una contraseña, diciéndoles: “Al que yo bese, ése es.
Deténganlo y llévenselo bien sujeto”. Llegó, se acercó y le dijo: “Maestro”. Y
lo besó. Ellos le echaron mano y lo apresaron. Pero uno de los presentes
desenvainó la espada y de un golpe le cortó la oreja a un criado del sumo
sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo: “¿Salieron ustedes a apresarme con
espadas y palos, como si se tratara de un bandido? Todos los días he estado
entre ustedes, enseñando en el templo y no me han apresado. Pero así tenía que
ser para que se cumplieran las Escrituras”. Todos lo abandonaron y huyeron. Lo
iba siguiendo un muchacho, envuelto nada más con una sábana y lo detuvieron;
pero él soltó la sábana y se les escapó desnudo.
Condujeron a Jesús
a casa del sumo sacerdote y se reunieron todos los pontífices, los escribas y
los ancianos. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del
sumo sacerdote y se sentó con los criados, cerca de la lumbre, para calentarse.
Los sumos
sacerdotes y el sanedrín en pleno, buscaban una acusación contra Jesús para
condenarlo a muerte y no la encontraban. Pues, aunque muchos presentaban falsas
acusaciones contra él, los testimonios no concordaban. Hubo unos que se
pusieron de pie y dijeron: “Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este
templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro, no edificado por
hombres’ ”. Pero ni aun en esto concordaba su testimonio. Entonces el sumo
sacerdote se puso de pie y le preguntó a Jesús: “¿No tienes nada que responder
a todas esas acusaciones?” Pero él no le respondió nada. El sumo sacerdote le
volvió a preguntar: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?” Jesús
contestó: “Sí lo soy. Y un día verán cómo el Hijo del hombre está sentado a la
derecha del Todopoderoso y cómo viene entre las nubes del cielo”. El sumo
sacerdote se rasgó las vestiduras exclamando: “¿Qué falta hacen ya más
testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?” Y todos lo
declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, y tapándole la cara,
lo abofeteaban y le decían: “Adivina quién fue”, y los criados también le daban
de bofetadas.
Mientras tanto,
Pedro estaba abajo, en el patio. Llegó una criada del sumo sacerdote, y al ver
a Pedro calentándose, lo miró fijamente y le dijo: “Tú también andabas con
Jesús Nazareno”. Él lo negó, diciendo: “Ni sé ni entiendo lo que quieres
decir”. Salió afuera hacia el zaguán, y un gallo cantó. La criada, al verlo, se
puso de nuevo a decir a los presentes: “Ése es uno de ellos”. Pero él lo volvió
a negar. Al poco rato, también los presentes dijeron a Pedro: “Claro que eres
uno de ellos, pues eres galileo”. Pero él se puso a echar maldiciones y a
jurar: “No conozco a ese hombre del que hablan”. En seguida cantó el gallo por
segunda vez. Pedro se acordó entonces de las palabras que le había dicho Jesús:
‘Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres’, y rompió a
llorar.
Luego que
amaneció, se reunieron los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el
sanedrín en pleno, para deliberar. Ataron a Jesús, se lo llevaron y lo
entregaron a Pilato. Éste le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Él
respondió: “Sí lo soy”. Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo: “¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te
acusan”. Jesús ya no le contestó nada, de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Durante la fiesta
de Pascua, Pilato solía soltarles al preso que ellos pidieran. Estaba entonces
en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un
homicidio en un motín. Vino la gente y empezó a pedir el indulto de costumbre.
Pilato les dijo: “¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?” Porque sabía
que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos
sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato les volvió a preguntar: “¿Y qué voy a hacer con el que llaman rey de los
judíos?” Ellos gritaron: “¡Crucifícalo!” Pilato les dijo: “Pues ¿qué mal ha
hecho?” Ellos gritaron más fuerte: “¡Crucifícalo!” Pilato, queriendo dar gusto
a la multitud, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo
entregó para que lo crucificaran.
Los soldados se lo
llevaron al interior del palacio, al pretorio, y reunieron a todo el batallón.
Lo vistieron con un manto de color púrpura, le pusieron una corona de espinas
que habían trenzado y comenzaron a burlarse de él, dirigiéndole este saludo:
“¡Viva el rey de los judíos!” Le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían
y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminadas las burlas, le
quitaron aquel manto de color púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para
crucificarlo.
Entonces forzaron
a cargar la cruz a un individuo que pasaba por ahí de regreso del campo, Simón
de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, y llevaron a Jesús al Gólgota (que
quiere decir “lugar de la Calavera”). Le ofrecieron vino con mirra, pero él no
lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echando suertes para ver
qué le tocaba a cada uno.
Era media mañana
cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey
de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a
su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: Fue contado entre los
malhechores.
Los que pasaban
por ahí lo injuriaban meneando la cabeza y gritándole: “¡Anda! Tú que destruías
el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo y baja de la
cruz”. Los sumos sacerdotes se burlaban también de él y le decían: “Ha salvado
a otros, pero a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel,
baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos”. Hasta los que estaban
crucificados con él también lo insultaban.
Al llegar el
mediodía, toda aquella tierra se quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde.
Y a las tres, Jesús gritó con voz potente: “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?” (que
significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los
presentes, al oírlo, decían: “Miren, está llamando a Elías”. Uno corrió a
empapar una esponja en vinagre, la sujetó a un carrizo y se la acercó para que
bebiera, diciendo: “Vamos a ver si viene Elías a bajarlo”. Pero Jesús, dando un
fuerte grito, expiró.
Aquí
todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.
Entonces el velo
del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo. El oficial romano que estaba
frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo: “De veras este hombre era
Hijo de Dios”.
Había también ahí
unas mujeres que estaban mirando todo desde lejos; entre ellas, María
Magdalena, María (la madre de Santiago el menor y de José) y Salomé, que cuando
Jesús estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y además de ellas, otras
muchas que habían venido con él a Jerusalén.
Al anochecer, como
era el día de la preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea,
miembro distinguido del sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios. Se
presentó con valor ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó
de que ya hubiera muerto, y llamando al oficial, le preguntó si hacía mucho
tiempo que había muerto. Informado por el oficial, concedió el cadáver a José.
Éste compró una sábana, bajó el cadáver, lo envolvió en la sábana y lo puso en
un sepulcro excavado en una roca y tapó con una piedra la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, se fijaron en dónde lo ponían. Palabra
del Señor.
Comentario al Evangelio
por Mons. Cristóbal Ascencio García: