“Les aseguro que yo soy la puerta de las
ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero
mis ovejas no los han escuchado”
Lectura
del santo Evangelio según san Juan 10, 1-10:
+
En
aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra
por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un
ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las
ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él
llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas
sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz.
Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la
voz de los extraños”.
"yo soy la puerta de las ovejas"
Jesús
les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir.
Por eso añadió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que
han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han
escuchado.
Yo
soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará
pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para
que tengan vida y la tengan en abundancia’’. Palabra del Señor.
Comentario
al Evangelio por Fr. Rufino M. Grández Lecuberri, OFM:
“el oficial y los que
estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que
ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo
de Dios”
Lectura del Santo Evangelio según san Mateo 26, 14-27, 66:
+
En
aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos
sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron
en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una
oportunidad para entregárselo.
El
primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a
Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”
Él respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice:
Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’
”. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de
Pascua.
Al
atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo: “Yo
les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes
y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” Él respondió:
“El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el
Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por
quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no
haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy
yo, Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”.
Durante
la cena, Jesús tomó un pan y, pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a
sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman. Éste es mi Cuerpo”. Luego tomó en sus
manos una copa de vino y, pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus
discípulos, diciendo: “Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de
la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados.
Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con
ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”.
"Viva el Rey de Israel!
Después
de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces
Jesús les dijo: “Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque
está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero
después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea”. Entonces Pedro
le replicó: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”.
Jesús le dijo: “Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo
cante, me habrás negado tres veces”. Pedro le replicó: “Aunque tenga que morir
contigo, no te negaré”. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
Entonces
Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos:
“Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá”. Se llevó consigo a Pedro y a
los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les
dijo: “Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen
conmigo”. Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar,
diciendo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se
haga como yo quiero, sino como quieres tú”.
Volvió
entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
“¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación,
porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Y alejándose de nuevo,
se puso a orar, diciendo: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo
lo beba, hágase tu voluntad”. Después volvió y encontró a sus discípulos otra
vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a
orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de
esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo: “Duerman ya y
descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en
manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a
entregar”.
Todavía
estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una
chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los
ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal: “Aquel
a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo”. Al instante se acercó a Jesús
y le dijo: “¡Buenas noches, Maestro!” Y lo besó. Jesús le dijo: “Amigo, ¿es esto
a lo que has venido?” Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo
apresaron.
Uno
de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo
sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús: “Vuelve la espada a su
lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo
pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce
legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que
dicen que así debe suceder?” Enseguida dijo Jesús a aquella chusma: “¿Han
salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los
días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto
ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas”. Entonces
todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los
que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás,
donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de
lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados
para ver en qué paraba aquello.
Los
sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra
Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron
muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron: “Éste dijo: ‘Puedo
derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’ ”. Entonces el sumo
sacerdote se levantó y le dijo: “¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan
en contra tuya?” Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo: “Te conjuro por
el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le
respondió: “Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo
del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo”.
Entonces
el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¡Ha blasfemado! ¿Qué
necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué
les parece?” Ellos respondieron: “Es reo de muerte”. Luego comenzaron a
escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo:
“Adivina quién es el que te ha pegado”.
Entretanto,
Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo: “Tú
también estabas con Jesús, el galileo”. Pero él lo negó ante todos, diciendo:
“No sé de qué me estás hablando”. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra
criada y dijo a los que estaban ahí: “También ése andaba con Jesús, el
nazareno”. Él de nuevo lo negó con juramento: “No conozco a ese hombre”. Poco
después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron: “No cabe duda de
que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata”. Entonces
él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en
aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había
dicho: ‘Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces’. Y saliendo
de ahí se soltó a llorar amargamente.
Llegada
la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron
consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el
procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron.
Entonces
Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a
muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos
sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé, entregando la sangre de un
inocente”. Ellos dijeron: “¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú”. Entonces
Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
Los
sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron: “No es lícito
juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre”. Después
de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar ahí a
los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy “Campo de
sangre”. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta
monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos
de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el
Señor.
Jesús
compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: “¿Eres tú el
rey de los judíos?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Pero nada respondió a
las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le
dijo Pilato: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?” Pero él nada respondió,
hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la
fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del
preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo,
pues, Pilato a los ahí reunidos: “¿A quién quieren que les deje en libertad: a
Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?” Pilato sabía que se lo habían
entregado por envidia.
Estando
él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: “No te metas con ese hombre
justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.
Mientras
tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que
pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el
procurador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que les suelte?” Ellos
respondieron: “A Barrabás”. Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que
se dice el Mesías?” Respondieron todos: “Crucifícalo”. Pilato preguntó: “Pero,
¿qué mal ha hecho?” Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:
“¡Crucifícalo!” Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el
tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Yo no me
hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”. Todo el
pueblo respondió: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”
Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y
lo entregó para que lo crucificaran.
Los
soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de
él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura,
trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una
caña en su mano derecha y, arrodillándose ante él, se burlaban diciendo: “¡Viva
el rey de los judíos!”, y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban
con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto,
le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.
Al
salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a
llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la
Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero
no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando
suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron
por escrito la causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el rey de los judíos’.
Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su
izquierda.
Los
que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: “Tú, que
destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres
el Hijo de Dios, baja de la cruz”. También se burlaban de él los sumos
sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: “Ha salvado a otros y no
puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y
creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es
que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”. Hasta los
ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
Desde
el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y
alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”,
que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Algunos de
los presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”.
Enseguida
uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y
sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron:
“Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”. Entonces Jesús, dando de nuevo
un fuerte grito, expiró.
Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.
Entonces
el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló
y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos
que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad
santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que
estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que
ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo
de Dios”.
Estaban
también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a
Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María,
la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al
atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho
también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús,
y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en
una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar
en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del
sepulcro y se retiró. Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas
frente al sepulcro.
Al
otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y
los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: “Señor, nos hemos acordado
de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: ‘A los tres días resucitaré’.
Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus
discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’,
porque esta última impostura sería peor que la primera”. Pilato les dijo:
“Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes
quieran”. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la
puerta y dejaron ahí la guardia. Palabra del Señor.
Comentario
al Evangelio por Mons. Cristóbal Asencio:
“Yo soy la resurrección y la vida. El que
cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en
mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”
Lectura
del santo Evangelio según san Juan 11, 1-45:
+
En
aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de
su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le
enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las
dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres
está enfermo”.
Al
oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que
servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por
ella”.
Jesús
amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que
Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba.
Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le
dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a
volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que
camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que
camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.
Dijo
esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a
despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va
a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño
natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro
por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Ahora, vamos allá”.
Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos:
“Vayamos también nosotros, para morir con él”.
"yo soy la resurrección y la vida"
Cuando
llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba
cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían
ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano.
Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó
en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría
muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto
le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que
resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la
resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo
aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella
le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de
Dios, el que tenía que venir al mundo”.
Después
de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja:
“Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y
salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino
que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban
con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa,
pensaron que iba al sepulcro para llorar allí y la siguieron.
Cuando
llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo:
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla
llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo
más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo
verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo
amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de
nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”
Jesús,
profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva,
sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la
hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva
cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de
Dios?” Entonces quitaron la piedra.
Jesús
levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has
escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de
esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego
gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con
vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
“Desátenlo, para que pueda andar”.
Muchos
de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho
Jesús, creyeron en él. Palabra del Señor.
Comentario
al Evangelio por Fr. Rufino Ma. Grández Lecuberri, OFM:
“Yo he venido a este mundo para que se
definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”
Lectura
del santo Evangelio según san Juan 9, 1-41:
+
En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego
de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que
éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco
sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es
necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque
luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo
soy la luz del mundo”.
Dicho
esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al
ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa
‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.
Entonces
los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No
es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros:
“No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban:
“Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se
llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’.
Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?”
Les contestó: “No lo sé”.
"crees tu en el hijo del hombre"
Llevaron
entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que
Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo
había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y
veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque
no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer
semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a
preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les
contestó: “Que es un profeta”.
Pero
los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera
recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste
su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus
padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo
es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a
él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que
había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían
convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el
Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.
Llamaron
de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros
sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé;
sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo?
¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han
dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren
hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron:
“Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros
sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.
Replicó
aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo,
me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al
que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir
que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de
Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que
naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.
Supo
Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en
el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?”
Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él
dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.
Entonces
le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para
que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos
fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces también nosotros estamos
ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero
como dicen que ven, siguen en su pecado”. Palabra del Señor.
Comentario
al Evangelio por Mons. Cristóbal Ascencio:
“Si conocieras el don de Dios y quién es el
que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”
Lectura
del santo Evangelio según san Juan 4, 5-42:
+
En
aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del
campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que
venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del
mediodía.
Entonces
llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus
discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó:
“¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”
(Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras
el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te
daría agua viva”.
La
mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es
profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre
Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?”
Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que
beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se
convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.
La
mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga
que venir hasta aquí a sacarla”. Él le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”.
La mujer le contestó: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “Tienes razón en decir:
‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has
dicho la verdad”.
"si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber"
La
mujer le dijo: “Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en
este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en
Jerusalén”. Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en
este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen;
nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto
verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el
Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben
hacerlo en espíritu y en verdad”.
La
mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando
venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla
contigo”.
En
esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando
con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas
con ella?’ Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a
decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he
hecho. ¿No será éste el Mesías?” Salieron del pueblo y se pusieron en camino
hacia donde él estaba.
Mientras
tanto, sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo por
comida un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos comentaban entre sí:
“¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la
voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes
que todavía faltan cuatro meses para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten
los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el
segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se
alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: ‘Uno es
el que siembra y otro el que cosecha’. Yo los envié a cosechar lo que no habían
trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto”.
Muchos
samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer:
‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él
estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos
más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por
lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él
es, de veras, el Salvador del mundo”.
Comentario
al Evangelio por Fr. Rufino Ma. Grández Lecumberri, OFM: